Jujuy aprobó una ley para incorporar educación emocional en las escuelas

La legislatura de Jujuy aprobó una ley que apuesta a introducir en los diseños curriculares de todos los niveles y modalidades del sistema educativo provincial procesos de enseñanza que permitan desarrollar y fortalecer habilidades socioemocionales en alumnos, docentes y las familias.

La normativa 6.244 convierte a la provincia en la tercera en contar con una ley asociada, luego de Corrientes y Misiones.

“Esta estrategia busca algo tan simple pero tan importante como lo es mejorar la calidad de vida de las personas”, expuso la diputada Cynthia Alvarado, como miembro informante, al avanzar en una revisión de la “enorme importancia” que ha adquirido la educación emocional para enfrentar situaciones de la vida cotidiana.

En tanto, reflexionó que se trata de “aprender a administrar las emociones” y que el tener la posibilidad de hacerlo desde temprana edad vendría, entre otros, a prevenir múltiples problemáticas, como ser de adicciones.

Lo que prevé la ley es la creación de un Programa provincial de Educación Emocional, dirigido a todos los niveles y modalidades de las instituciones educativas de gestión pública estatal, provincial y municipal, privada, social y cooperativa.

La ejecución del programa estará a cargo de la secretaría de Equidad Educativa del Ministerio de Educación local, área desde donde “ya se han venido realizando acciones aisladas vinculadas a la temática”, según ponderó, por otro lado, la diputada María Ferrín.

En el articulado de la ley, se plantea que el ministerio de Educación deberá garantizar la capacitación en educación emocional a todos los docentes activos, estén o no en funciones áulicas.

Finalmente, se apunta a establecer mecanismos de intercambio con instituciones y/o grupos dedicados a la temática, y construir espacio y alianzas con otros actores, estatales o privados, ligados a la educación emocional.

El trabajo docente, un trabajo emocional

Si bien la importancia de las emociones en los procesos educativos y el trabajo docente está documentada conceptualmente hace muchas décadas y es parte central de la experiencia docente, los estudios empíricos y el debate público sobre esta temática son recientes. Tal vez aquí radica una primera paradoja: los fenómenos emocionales son nucleares en la educación y la docencia, pero recién en las últimas décadas se han ensayado definiciones sistemáticas al respecto.

Todo/a educador/a sabe que su trabajo cotidiano está atravesado por múltiples procesos emocionales, aunque hasta ahora no sea común hablarlo. No necesita que un “experto” se lo explique. Hablar sobre los procesos emocionales del trabajo docente puede ser un gran avance, si partimos de las experiencias concretas de los/as docentes y así ayudamos a reconocer un trabajo que ha sido sistemáticamente invisibilizado. 

El trabajo docente es un oficio muy particular, sobre el cual prima un profundo desconocimiento. Este desconocimiento radica en que las concepciones hegemónicas sobre la docencia, así como la mayoría de las políticas, dispositivos de regulación, evaluación y administración del trabajo docente, están basados en el modelo del trabajo industrial (Rockwell, 2018), lo que hace que se entienda la docencia como un trabajo mecánico, para el cual se requiere un saber técnico que permita “aplicar” los diseños realizados por expertos/as. Pero la docencia no es, ni de lejos, un trabajo así.

Asimismo, el trabajo docente ha sido descrito como un trabajo emocional y afectivo. No solo por las consecuencias emocionales del trabajo docente, sino porque el proceso mismo de trabajo se articula en y desde intercambios emocionales. Es decir, la posibilidad de que ocurran intercambios de significados entre docentes y estudiantes, base del aprendizaje significativo, requiere de un proceso afectivo de cierta intensidad.

Los/as docentes deben desarrollar un saber concreto y situado para lidiar cotidianamente con esta brecha entre el trabajo prescrito y el real, lo que ha sido escasamente estudiado.

Es en este contexto donde se instala el debate sobre la educación emocional. No resulta extraño que luego de décadas de aplicación sistemática de políticas de mercado, competencia, estandarización y “eficacia” escolar, la posibilidad de la educación emocional aparezca para muchos/as actores/as educativos/as como una posible alternativa a aquellos discursos hegemónicos.

Sin embargo, acá emerge otra paradoja: existe el peligro que el discurso de la educación emocional sea hegemonizado por visiones afines a la mirada competitiva, individualista y descontextualizada de la educación, y retroalimente un mercado de prácticas y conocimientos que solo apuntan a un desarrollo individual desde una emocionalidad introspectiva sin su  indispensable inserción en los contextos sociales que las motorizan.

Publicado por: Pablo Kulcar

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