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Tenemos problemas, siempre. No importa cuánto nos esforcemos por construir una vida pacífica alejada de la discordia, pues el desequilibrio de alguna manera consigue siempre introducirse en nuestro día a día. Comprendemos bien las consecuencias adversas que despierta una decisión tomada desde una encendida pasión, y a pesar de ello no podemos evitar tropezar, generando con ello que el problema que quizás era pequeño e insignificante, se magnifique.

Buscamos la vida apacible y apelamos al desarrollo de la consciencia para resolver las desavenencias cotidianas con la mejor actitud, pero el medio en el que nos desenvolvemos está intoxicado. Invisible, un veneno flota cual aire logrando introducirse en nosotros, intoxicándonos y llevándonos a perder la paciencia, lo cual advertimos cuando ya es demasiado tarde, cuando hemos errado, cuando hemos hablado de más y dar marcha atrás es, sencillamente, imposible.

Podemos afirmar con toda seguridad que si pudiéramos prever las consecuencias de nuestros actos, muchas de las decisiones que tomamos en el pasado las evitaríamos. Sin embargo, no hay marcha atrás, y hoy vivimos las consecuencias de nuestras buenas y malas elecciones, sin embargo, son éstas últimas las que más pesan sobre nosotros, pues vienen acompañadas de la piedra del arrepentimiento, de la que es difícil deshacerse.

Tenemos problemas, sí, pero la mayoría de ellos no son tan grandes como aparentan, lo que pasa es que nuestra mente, acostumbrada al fatalismo, cae en la mala costumbre de maximizar cada experiencia, tanto las positivas como las negativas, y por ello es que nos cuesta trabajo dimensionar adecuadamente cada experiencia que se nos pone enfrente. Muchos de los problemas que tenemos tienen una solución que está al alcance de nuestras manos, o sencillamente son irresolubles, por lo que entonces deberíamos dejar de preocuparnos; son pocos los problemas que verdaderamente implican un esfuerzo casi sobrehumano para remediarlo. En este sentido, es un hecho que nos preocupamos de más, o que nos preocupamos de cuestiones en las que de ninguna manera podemos influir, de lo cual concluimos que la mayoría de nuestros sufrimientos y problemas son imaginarios.

Una conocida frase reza que si esperamos resultados distintos, debemos dejar de hacer siempre lo mismo, esto aplica para los problemas, pues la mayoría de ellos son repetitivos, es decir, la mayoría de nuestras batallas la hemos librado más de una vez. Generalmente, nuestras angustias tienen que ver con lo laboral, con el dinero, con la salud y con el amor, pero a pesar de que estos temas nos son conocidos y de que en más de una ocasión hemos resuelto algún problema relacionado con ellos, no dejamos de preocuparnos, por ende, podríamos decir que difícilmente aprendemos realmente de los problemas, pues si en verdad adquiriéramos de ellos alguna enseñanza dejaríamos de afligirnos; esto no significa que los problemas desaparecerían, sino que sencillamente ya no nos quitarían el sueño ni tampoco nos erizarían la piel.

Los problemas son semejantes a un laberinto: nos perdemos en ellos, nos ofrecen falsas salidas, generan confusión, son amenazantes, etcétera. Y así como la solución de todo laberinto se halla en su centro, pues es de ese punto de donde manan sus confusas conexiones, el remedio de nuestros problemas posee también un corazón que al tomarlo nos muestra el tamaño real de la dificultad que nos atemorizaba, el cual rara vez será tan grande como lo imaginábamos.

No hay duda de que la vida es incierta y a medida que envejecemos la forma que dábamos por segura se diluye más y más. Llegará el día en el que hayamos olvidado la forma que le dábamos a la vida cuando éramos jóvenes, y nos diremos a nosotros mismos: “en verdad, no comprendo nada de la existencia”. Irónicamente, a pesar de esa incomprensión, logramos resolver la mayoría de nuestros problemas, y de aquellos cuya salida nunca encontramos, al menos adquiriremos la comprensión de cómo es que los generamos en nuestras vidas, pues los problemas no llegan solos, sino que son consecuencia de nuestras imperfectas decisiones. El filósofo Carlos Goñi Zubieta, lo explica en su obra Mitoterapia: El poder curativo de los mitos:

«Vivir se parece a estar inmerso en un laberinto. Cada decisión que tomas influye en tu entorno. Pasado, presente y futuro están profundamente interconectados: probablemente hoy no habrías actuado como lo hiciste en el pasado, si hubieras conocido de antemano las consecuencias. Esta red de elecciones da forma a tu vida, una trama de la que no puedes salir. En los senderos del laberinto surgen problemas y embrollos de los que tendrás que escapar. Si has tenido la precaución de llevar contigo el “hilo mágico”, deberás desenredar con paciencia los nudos cotidianos —grandes o pequeños, simples o complejos— que se van formando sin que te des cuenta. Otras veces, en cambio, tendrás que optar por salir volando, como hicieron Dédalo e Ícaro. Desde las alturas podrás contemplar la estructura del laberinto y comprender mejor lo que sucede. Se trata de tomar altura, de elevarte por encima de las contrariedades que te agobian. La mitoterapia sugiere precisamente eso: intentar resolver los problemas por elevación, poniéndote alas para contemplar el laberinto de la vida cotidiana desde otra perspectiva.»

Aprender a convivir con los problemas es más importante que aprender a resolverlos o a prevenirlos, pues sin importar cuánto nos esforcemos, habrá madejas de conflictos cotidianos que serán imposibles de desenredar, a menos que seamos contundentes, lo cual no siempre es lo mejor; así como también es inevitable que los infortunios no se manifiesten en nuestras vidas, pues prácticamente estamos a expensas del mundo, pero, principalmente de nuestros actos. Pero no nos confundamos, pues aprender a convivir con los problemas no se trata de aceptarlos pasivamente, sino de interpretarlos desde otro punto de vista, lo cual implica tomar altura.

La entrada Tomar altura se publicó primero en El Heraldo de Puebla.

Con información de UNAR AGENCY