Todas las cosas son ilusorias

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Vivimos preocupados, las expresiones de nuestras preocupaciones son múltiples: el dinero, el trabajo, el amor, la enfermedad, la soledad, etcétera; pero la causa de todas ellas es la misma: el apego, es decir, el reconocimiento que hacemos de nuestra persona en los factores de la vida que nos rodea. Nuestras preocupaciones vienen de suponer que lo que somos y valemos como personas depende de la fortuna que hemos acumulado, del trabajo que tenemos, de la persona a la que le confiamos nuestro corazón, de la fuerza física o del número de amigos, sin embargo, nada de lo que nos rodea nos hace ser, a pesar de que influya en lo que somos.

Abandonar las preocupaciones es imposible, pues siempre estará nuestra frágil humanidad a flor de piel, pero sí podemos hacer progresos considerables disminuyendo su número y presencia en nuestras vidas. Podríamos empezar reconsiderando nuestras creencias sobre la existencia. En ocasiones caemos en el error de creer que la vida es producto del azar y, por ende, accidental e intrascendente, pues su destino es la muerte; sin embargo, el hecho de que desconozcamos su causa y de que comprendamos su inminente extinción, no significa que entre ambos polos no hayan motivos para alegrarse, para deleitarse y, sobre todo, para sentirse agradecidos por la oportunidad que tenemos de experimentar esta incomprensible existencia. Si ponemos atención, la vida funciona gracias a un entramado invisible en el que todas las criaturas, seres y objetos están conectados, y que no hay expresión en el universo, por pequeña que sea, que no modifique la realidad de alguna manera. La vida, ya sea que su origen sea azaroso o que sea consecuencia de un parto emanado de una consciencia suprema, es un milagro que debemos reaprender a observar, con lo bueno y lo malo, con el único fin de sentirnos agradecidos.

Sin duda, nuestras preocupaciones también se deben a que muchas veces suponemos que para los demás tenemos una importancia mayor de la que en verdad poseemos. Creemos que el mundo nos observa y que nos juzgará en base a lo bueno o malo que hagamos con lo que tenemos. Cuántas veces no hemos desaprovechado una oportunidad para hacer algo que deseábamos debido a que suponemos que nos veremos ridículos ante los demás, o que decepcionaremos a unos cuántos, o que despertaríamos algunas risas burlonas, sin embargo, la mayoría de las veces casi nadie presta atención a lo que hacemos y mucho menos a lo que nos pasa, y los pocos que nos miran no van más allá de una atención morbosa, superficial y efímera, olvidando al poco tiempo aquello que hicimos o dijimos. En este sentido, si vivimos únicamente preocupándonos por los pensamientos ajenos, difícilmente nos acercaremos a nuestra idea de lo que es la felicidad.

Pero si estamos expuestos a un mar de preocupaciones, generalmente no se deberá a las personas que nos rodean, ni a los acontecimientos que vivimos, sino a los pensamientos que generamos, creemos y replicamos. Todas las preocupaciones, sin excepción, no vienen del mundo que habitamos, sino de la mente que poseemos. Cuando algo nos preocupa no es por lo que representa en sí mismo, sino por el significado que le otorgamos. La mayoría de nuestros pensamientos son intrusivos y, como tales, falsos, pero debido a que nuestra mente es, valga la redundancia, nuestra, suponemos que dice la verdad en todo lo que nos hace pensar y por ello es que rara vez la cuestionamos. Desde que nos levantamos por la mañana y hasta que regresamos a la cama al anochecer, e incluso mientras dormimos, nuestra mente no deja de pensar, lo hace en automático y por inercia, pues esa es su función, y así como el ojo no se cansa de ver ni el oído de oír, la mente no se cansa de imaginar, y piensa tantas cosas que llega el punto en el que es incapaz de distinguir entre lo que es real de lo que es falso.

Acercarnos únicamente a lo que nos gusta también es fuente de dolor y preocupación, pues cuando en nuestro camino aparece una persona o situación que nos es incómoda y con la que no congeniamos, sencillamente optamos por esquivarla, sin embargo, la evasión no es la respuesta a nada, antes bien representa un obstáculo que si no atendemos seguirá creciendo, a manera de tumor, hasta que se haga imposible seguir ignorándolo. Por ello es que cuando en nuestras vidas se nos presenta la adversidad, lo ideal es entenderla como una maestra de la cual podemos obtener valiosas enseñanzas, antes que considerarla nuestra enemiga. Para vivir con menos preocupaciones, el monje budista Thubten Wangchen, en su obra Un camino espiritual, nos comparte estos ocho preceptos que podrían ayudarnos en nuestro despertar a la consciencia:

«Primero: Pensando en que todos los seres conscientes son valiosos, pueda yo siempre considerarles preciosos. Segundo: Siempre que me encuentre en compañía de otros, pueda yo considerarme el menos importante y valorarlos más que a mí mismo. Tercero: En cada una de mis acciones, vigilaré mi mente y en el momento que surjan emociones destructivas, las enfrentaré con fuerza y las apartaré. Cuarto: Cuando vea a seres de disposición negativa o a los que están oprimidos por el dolor, pueda yo considerarlos tan preciosos como un tesoro. Quinto: Cuando otros, impulsados por la envidia, me hagan daño, pueda yo aceptar la derrota sobre mí y ofrecer la victoria a los demás. Sexto: Cuando a una persona a quien he ayudado o en quien he depositado todas mis esperanzas me daña injustamente, la contemplaré como un verdadero maestro espiritual. Séptimo: Que pueda yo ofrecer toda alegría y beneficio a todos los seres y que sea capaz de tomar secretamente sobre mí todo su dolor y sufrimiento. Octavo: Aprenderé a mantener estas prácticas libre de los pensamientos mundanos, reconociendo que todas las cosas son ilusorias, así allcanzaré la liberación de la esclavitud.»

Quien se preocupa no ha comprendido que la vida no es más que venir a este mundo para contemplarlo, maravillarse y despedirse sabiendo que todas las cosas son ilusorias.

La entrada Todas las cosas son ilusorias se publicó primero en El Heraldo de Puebla.

Con información de UNAR AGENCY