México en FITUR: La reputación como verdadero desafío
México llega a FITUR con una ambición clara: colocarse entre los seis países más visitados del mundo, superando a Turquía y acercándose al grupo de élite del turismo global. No es una meta menor. Hoy, España —anfitriona de la feria— recibe alrededor de 83.7 millones de visitantes al año, una cifra que no solo habla de playas, hoteles o conectividad, sino de algo más profundo: reputación sostenida en el tiempo.
México ya es una potencia turística. Con más de 40 millones de visitantes internacionales anuales, el país se mueve con soltura en el top ten mundial. El salto al sexto lugar no depende únicamente de infraestructura o promoción; depende de la imagen que logra proyectar y, sobre todo, de la coherencia entre lo que promete y lo que el visitante experimenta. FITUR es un escaparate global, pero también un espejo incómodo: ahí se comparan narrativas, no solo destinos.
Que México sea socio de esta edición de FITUR no es casual. Es una señal política y simbólica. El gobierno de Claudia Sheinbaum entiende que el turismo opera como poder blando: atrae divisas, genera empleo y construye percepción internacional. Pero ese poder blando es frágil. No se impone, se cultiva. Y se erosiona rápido cuando la conversación global se llena de notas sobre violencia, inseguridad o desorden institucional.
Ahí es donde la reputación entra en juego. La marca-país no se define en un stand, sino en la suma de decisiones públicas y experiencias privadas. Para crecer en número de visitantes hay que sostener una narrativa creíble de seguridad, hospitalidad y funcionamiento. El turista de hoy no solo elige destino por precio o paisaje, sino por confianza.
Ese desafío baja también al terreno local. Estados como Puebla, encabezado por el gobernador Alejandro Armenta, se juegan mucho en esta conversación. El turismo no es solo promoción; es orden urbano, movilidad, seguridad cotidiana y servicios que funcionen. Cada destino regional aporta —o resta— a la reputación nacional. La experiencia de un visitante en una ciudad media pesa tanto como la campaña internacional más sofisticada.
México compite contra países que entendieron algo clave: el turismo no se construye solo desde la secretaría del ramo, sino desde una visión integral del Estado. España no llegó a sus cifras actuales de la noche a la mañana. Turquía tampoco. Ambos sostuvieron durante años una narrativa consistente, incluso en contextos políticos complejos.
FITUR sirve para anunciar aspiraciones, pero también para medir distancias. El objetivo de ser el sexto país más visitado del mundo es alcanzable, sí, pero exige algo más difícil que invertir en promoción: cuidar la reputación todos los días. En turismo, como en política, la imagen no se decreta; se confirma o se desmiente en la experiencia real.
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Con información de UNAR AGENCY
