Yihadismo cristiano, vidas precarias y cuerpos aliados
| migrante |
Ha pasado una semana desde el ataque en el que Israel y EEUU asesinaron al líder iraní, a cuatro miembros de su familia y a cuarenta personas de la cúpula política de ese país. En ese primer ataque asesinaron también al menos a ciento sesenta y ocho niñas, y catorce docentes. Y mientras el binomio israelo-estadounidense se vanagloria del fuego de sus bombas, miles de personas atendieron el funeral de las niñas en la ciudad costera de Minab, ante una indiferencia y una negación tan inmoral por parte del eje atacante que incluso el portal de noticias del Vaticano lamentó que la muerte de estas niñas no cobre mayor relevancia en nuestras conversaciones. No nos equivoquemos: el Cristo al que le rezan los yanquis no es el Nazareno, no es el Cristo crucificado sino un pseudo-Cristo; es un Cristo crucificador que ve tierras ocupadas y les dice a sus discípulos «Esta es mi carne», que ve petróleo y les dice «Esta es mi sangre», y que con Furia Épica les reconforta «Comed y bebed de ellos», marcando así el verdadero Pacto de la Alianza entre el régimen de Tel Aviv y el de Washington.
Vidas precarias
En caso de que haga falta decir lo obvio: No, el asunto no es la defensa del régimen iraní como propuesta modelo de gobernanza global. No se puede obviar decir que apenas dos meses antes del ataque que sufrieron a su soberanía, el país había estallado en una ola de protestas masivas que fueron respondidas con una represión estatal de escala brutal. Ante las manifestaciones de aquella nación, el gobierno realizó ejecuciones extrajudiciales y encarcelamientos masivos, y los apagones a las comunicaciones fueron tales que al día de hoy se desconoce el número total de víctimas. Cálculos conservadores ponen la cifra de muertos entre las cinco y las siete mil personas, y el de los detenidos alrededor de las veintiséis mil. Es muy probable que los números terminen siendo mucho mayores que eso. Entonces Thompson estaba en lo cierto hace veinticinco años al afirmar que este Yihad Cristiano se alimenta del odio religioso de fanáticos despiadados que militan en ambos bandos. Ni dos errores suman un acierto, ni mil atrocidades suman a una sola causa justa.
El asunto aquí es la precariedad de la vida misma. No existe precedente para nada de esto. No hubo precedente cuando un gobierno secuestró a otro el pasado enero, y no hay precedente ahora que ese mismo gobierno ha asesinado a otro en suelo extranjero. No hay precedente para nada de esto, y lo mínimo que podemos hacer es entender las gigantescas dimensiones de este culto de muerte. Las niñas de Minab no fueron una excepción y esta semana, al momento de escribir esto, se reporta que cuatro escuelas han sido atacadas en ese país. Estos ataques no son la excepción porque los ataques en sí son el modo de operar, porque a ninguno de esos gobiernos que dicen defender a las mujeres y a las infancias les interesa la vida ni de las mujeres ni de los infantes. Gran parte de los gobernados en Israel y EEUU también es indiferente a la vida de los otros. Sus pastores oran no por vidas, sino por la puntería de sus misiles. Su Cristo blanco no llora vidas morenas.
Esto ya lo explicó implacablemente Judith Butler en su obra Vida precaria: El poder del duelo y la violencia (de dos mil cuatro). Este texto, que también vio la luz luego de los ataques del 11-S, aborda cuestiones muy relevantes sobre la nueva ética global que atravesamos hoy en día.
En Vida precaria, Butler describe cómo la esfera pública hace constantemente una distinción entre «vidas llorables» y «vidas no llorables». Las primeras son aquellas que son honradas con lutos nacionales y coberturas mediáticas; aquellas por las que el público siente una empatía. Las segundas son aquellas que siempre se presentan como daños colaterales, como cifras, como muertes que no son siquiera consideradas muertes reales. Para las audiencias, las vidas no llorables no son consideradas de valor, ni pueden considerarse vidas siquiera. Un ejemplo de ello es el caso de Rubén Ray Martínez, quien fue asesinado por la policía migratoria de los EEUU un año antes que Renée Good y Alex Pretti, pero quien al ser de ascendencia latina no alcanzó a ocupar los mismos titulares noticiosos en su momento y no despertó la misma solidaridad entre los gobernados estadounidenses para que salieran a las calles a pedir justicia con la misma convocatoria que lo hicieron las otras dos víctimas. Todos ellos víctimas, todos ellos merecen justicia, pero no es siempre así ante los ojos de la esfera pública. Todos somos iguales, hasta que descubrimos que unos son más iguales que otros.
Para Butler, esta idea está al centro de las políticas de «seguridad» que los poderes imponen en nuestro tiempo. La autora critica el cómo los medios y el Estado generan marcos de referencia que deshumanizan a un «enemigo percibido», representándolo como un ser carente de civilización, como una amenaza inminente, y justificando así cualquier violencia que el Estado mismo comete contra ellos, sin importar que tan extrema sea esa violencia. Así, si el otro es un salvaje ¿por qué llorarle? Si el otro es un número, ¿por qué llorarle?
Entonces, vuelvo a mi punto: el asunto aquí es la precariedad de la vida misma y no existe precedente alguno para entender la intensidad de los conflictos que están provocando tanto EEUU como Israel. Veamos esto en perspectiva entonces: La bomba que lanzó los EEUU sobre la ciudad de Hiroshima mató al instante entre sesenta y entre ochenta mil personas, mientras que otras setenta mil resultaron heridas en ese mismo momento. Estamos hablando de una de las dos bombas atómicas que lanzaron en el cuarenta y cinco, claro, el único país que ha cometido semejante barbarie. En comparación, el número de asesinatos que ha cometido Israel en la ciudad de Gaza en los últimos dos años es de entre setenta mil y entre ochenta mil personas.
Sí, esto es el mismo número de personas que en Hiroshima. Gaza además cuenta con otros ocho mil quinientos asesinados en esta ciudad de manera indirecta, con ciento setenta mil heridos y con más de dos millones de personas que han sufrido de desplazamiento forzado. De toda esa totalidad, más de sesenta mil niños han sido asesinados o mutilados. Y entre los que quieren ayudar, Israel ha asesinado ahí mismo en Gaza a más de mil seiscientos trabajadores de la salud, más de trescientos de la UNRWA (el máximo número de asesinatos de trabajadores de las Naciones Unidas en la historia), más de doscientos sesenta periodistas y más de ciento veinte académicos. En palabras de la ONU, esta cifras probablemente sea mucho mayores. Y todo esto es una ciudad. Una. Y para muchos, estas vidas son «vidas no llorables».
Muchos, como la mayoría de los líderes europeos, se niegan siquiera a llamar a esto genocidio, y la barbarie continúa, con la ocupación en Cisjordania, con la ocupación de cuanto territorio se les ocurra; con medio millón de libaneses que se encuentran esta semana en una situación de desplazamiento forzado, etcétera. Gaza no es caso de excepción, es el ensayo de método de ese Yihad descabellado del Pacto de Alianza entre dos naciones fundamentalistas.La enorme gravedad de nuestro tiempo es que un puñado de autoritarios quiere borrar cualquier remanente de justicia, mercar con la vida de la gente. Si por ellos fuera, estos yihadistas exterminarían no solamente con nosotros sino con la memoria de nuestra existencia, con la fertilidad del suelo que pisamos, con los animales, con el aire y con cualquier cosa que no les genere una ganancia monetaria. Y todo esto no es ni conspiración ni especulación ni exageración ni lenguaje figurativo; el senador Lindsey Graham acaba de decir sobre la invasión al pueblo iraní: «Vamos a volar a toda esta gente por los cielos, vamos a hacer a su régimen caer de rodillas, los vamos a hacer caer, y cuando caigan vamos a tener paz y vamos a hacer tanta riqueza como nadie ha imaginado.»

¿Qué significan estos tiempos sin precedente? No lo sé. ¿Qué hacer? Butler nos lo sugería en Vida precaria: si lo que se juega aquí es el panorama político y ético, lo que nos debemos los unos a los otros es reconocer nuestra precariedad humana, el saber que dependemos los unos de los otros, y que toda pérdida de vida es llorable. No puede haber camino hacia la no violencia sin un punto de partida en el que no reconozcamos la interdependencia que tenemos, sin que reconozcamos que todos somos igualmente vulnerables. Butler nos dice que el duelo es un motor político, y lo es. Cuando una muerte nos duele nos mueve a la acción. No podemos movernos hacia ningún sitio mientras nos mantenemos indiferentes al dolor del otro, mientras seguimos catalogando al otro como salvaje, inhumano o simplemente una estadística. Cada vida perdida es llorable. Cada violación a los derechos tiene que ser señalada, recordada y tiene que exigirse justicia. Si lo que se juega hoy es una nueva ética global, tenemos que replantearnos nuestras éticas personales, y decir en voz alta a quienes rezan a la muerte que lo que nosotros queremos enseñar es vida.
