Otra vez lo mismo
El ser humano es incomprensible; cuando desea algo intensamente, hace hasta lo imposible por obtenerlo, sin embargo, luego de familiarizarse con la causa de su anhelo, se aburre y busca algo nuevo, algo que también, en su debido momento, terminará abandonando.
Lo contrario del aburrimiento es el entusiasmo, pues mientras que el primero es incapaz de rebasar la frontera de la monotonía, el segundo encuentra la novedad en los detalles. El aburrimiento es complejo de resolver, generalmente pensaríamos que éste se presenta cuando lo divertido se ausenta, sin embargo, el aburrimiento no tiene tanto que ver con lo que es entretenido, sino, más bien, con lo que tiene sentido, es decir, significado. Lo que no nos dice nada sencillamente nos parece aburrido, mientras que lo que tiene alguna razón de ser nos atrae. Por lo anterior, entonces, inferimos que una persona aburrida no es la que carece de estímulos divertidos, sino la que ha perdido el sentido de su existencia, convirtiéndose así en una persona apática, indiferente ante lo que la rodea, pero también con lo que la constituye.
Lejos de lo que pudiera pensarse, el aburrimiento depende más de lo que hay en nuestra cabeza, que de lo que hay en el mundo, y esto es porque el sentido o significado no lo poseen las cosas ni los seres en sí mismos, sino que es nuestra mente la que se los atribuye. Si algo nos parece aburrido, se deberá principalmente a nuestra incapacidad para significarlo, para atribuirle un sentido, y esto será así debido a que no podemos mirar más allá de la superficie de la inmediatez. Su opuesto serán las personas que no viven en las capas superiores de la realidad, sino en sus entrañas, lo cual les permite concebir la existencia con mayor profundidad; no por nada un antiguo principio recomienda visitar las entrañas de la tierra para hallar la piedra oculta.
Todos nos aburrimos, no hay duda de ello, pero debemos evitar que nos ocurra, pues con el aburrimiento viene el sinsentido y, con éste, la apatía, causante de varios males que padece el ser humano, siendo algunos de ellos las enfermedades. El trabajo, la escuela, la comida, la ropa, la casa, la ciudad, la pareja, los amigos y, en fin, todo, es capaz de llevarnos al aburrimiento, el cual muchas veces se manifiesta a través de una reacción la mayor de las veces imperceptible: el estrés. Quien esté aburrido, invariablemente estará estresado, y si bien el aburrimiento y el estrés parten de nuestro estado mental, terminan asentándose en nuestro estado físico, pasando entre uno y otro por facetas emocionales. El aburrimiento cansa, primero, y enferma, después.
Lejos de lo que podría pensarse, el aburrimiento no se combate entregándonos al entretenimiento, ni tampoco sumiéndonos en la placidez del ocio, sino mediante el establecimiento de metas y objetivos. Tener actividades, algo que hacer, es fundamental para no caer en el aburrimiento. Muchas personas cometen el error de pensar que cumplir con un trabajo es tener algo que hacer, pero no es así, pues el trabajo al fin y al cabo no es más que una obligación, una manera de conseguir el sustento que nos permitirá tener cierta estabilidad material y, con ésta, algo que hacer, pero algo con sentido trascendente que nos acerque al estado ideal del entusiasmo.
Tener un empleo y trabajarlo no es algo extraordinario, pero sí podría serlo el hecho de perderlo. A fin de cuentas, el trabajo es sinónimo de actividad, y aunque sea por éste es que nos obligamos a cumplir con una rutina, sin embargo, cuando dejamos de trabajar, ya sea por un despido o por una jubilación, el riesgo al que uno se expone es el de avizorar un horizonte vacío de expectativas, y el reto no será otro que hallar la manera de que algo fructifique ahí. No sucede lo mismo cuando dejamos nuestro empleo debido a que hemos tomado la decisión de renunciar a él, pues en este escenario uno sabe que la pausa es temporal y que en algún momento regresaremos a la actividad, mientras tanto, ese receso lo comprendemos como una semilla que tarde o temprano germinará en significado. Así lo explica la escritora Marilyn Ferguson, en El mundo de acuario hoy:
«Si vemos la vida como un interesante reto, tenemos más probabilidades de conservar una buena salud con el paso de los años que nuestros amigos más bien escépticos, tímidos o deprimidos. La pérdida de interés en el trabajo que uno realiza o en lo que tiene a su alrededor precede frecuentemente a la enfermedad. Como nos volvemos expertos en lo que nos es familiar y nos acostumbramos a ello, el inquieto sistema mente-cuerpo busca novedades. Cuando las tareas cotidianas o el estilo de vida se vuelven automáticos, el aburrimiento resultante no produce suficiente energía para mantener la salud. Además, cuando infrautilizamos nuestras capacidades mentales y emocionales, nuestro sistema físico empieza a deteriorarse. Si una persona mentalmente activa se queda embotada por cualquier motivo —la jubilación, un cúmulo excesivo de detalles inconexos, un revés emocional—, pierde su equilibrio mente–cuerpo. Cuanto más compleja es una estructura cognitiva, más esenciales son la novedad y el reto. Los niños se entusiasman con experiencias que a los adultos les parecen aburridas o habituales. El que el índice de cáncer crezca al avanzar la edad quizá no se deba sólo a la degeneración de los mecanismos inmunológicos; quizá refleje también un creciente aburrimiento, la sensación de “¡otra vez lo mismo!”, o “¡ya lo he visto todo!”.»
Una característica de la vida adulta es la pérdida de la capacidad de asombro. El adulto, generalmente, es amargado y antipático, un ser acostumbrado a estar en contra de todo y a favor de nada, en parte éste es un síntoma de su ignorancia, pero a la par, de su aburrimiento. El adulto amargado supone que su seriedad es muestra de su inteligencia, por ello no comprende la importancia del entusiasmo, ni la gravedad de decir va a hacer otra vez lo mismo.
La entrada Otra vez lo mismo se publicó primero en El Heraldo de Puebla.
Con información de UNAR AGENCY
