No maten al mensajero
por pablo kulcar

La información es sólo un recorte de la realidad, pero es un elemento que sirve para cuestionar e incomodar al poder, sea este el que fuera. Más allá del contenido, que en este caso no pareciera ser algún problema de estado a proteger, los datos o informes que el periodismo presenta, está alimentado por fuentes que en todos los casos se protegen y tienen un aval constitucional.
Este es el proceso práctico, se informa para transparentar lo que el poder intenta ocultar y se realizan estas tareas con la responsabilidad profesional que la situación reclama. La libertad de expresión tiene en estos casos la esencialidad que la historia le otorga. Es algo para defender y no se limita a su veracidad, es un aspecto fundante de la identidad de un sistema al que llamamos democracia.
Intentar allanar casas, lugares de trabajos, cel o computadoras de periodistas, es un salto hacia un despotismo cualitativo. El poder que no tolera se lo interpele, comienza a generar una capa de autoritarismo que lo separa de eso mismo que lo empoderó.
Jorge Rial y Mauro Federico no merecen este maltrato institucional, no deberían sentir que algo tan poderoso como la institucionalidad de un gobierno, en procura de un juez permeable a presiones u otras prebendas, pueda amenazar su legítimo trabajo. Este, que realizan con calidad y autoexigencia, sea maquiavélicamente resignificado como algo sospechado de ser un delito.
Es momento de poner límites, de reconocernos como los dueños de un poder delegado en funcionarios, que lo usufructúan y ejercen en función de intereses históricamente instalados sobre ellos. Ser los ojos de una sociedad activa y regente. Manejar información es perder la inocencia social y convivir con personajes que por ningún motivo tolerarán que sus negocios sean amenazados. Mucho menos por la perspicacia informativa de tipos que trabajan con nobleza, orgullo, capacidad y por 24 horas al día, de periodistas.
Poner las manos en el fuego
Estos días se escuchó a funcionarios del gobierno aludir a su fe irrefrenable por la honestidad de otros tantos funcionarios. Poder vivenciar con números las secuelas indiscriminadas que genera un supuesto “equilibrio fiscal”, sin un diseño enfocado en prioridades destinadas a que una sociedad que se desarrolle, como si esto fuese un pecado, como si deberíamos tener como única meta la eficiencia de por si, en cualquier lugar y a cualquier costo, es históricamente un error.
Lo importante es tener una matriz de desarrollo económico que abarque e integre a su fuerza de trabajo. Es indispensable proyectar y diseñar políticas que otorguen instrumentos a los actores elegidos para poder realizarlo, dentro de una economía que los contenga y les permita accionar como instrumentos útiles a la misma.
Para esto hay miles de actividades para elegir, basta tomar el mapa y apuntar a una cualquier localidad o área del país, que podría aportar a la actividad económica si se lo permitiera. Delimitar lo que se puede y no se puede hacer, lo que se debe y no permitir, no es solo una ecuación algebraica de quienes se sienten regidores omnímodos del futuro del país.
La economía somos todos puestos en movimiento y también en un equilibrio justo que contenga a los actores que puedan dinamizar la actividad. Desde los talleres más pequeños, hasta las empresas que movilizan sectores importantes. La economía son todas las manos y todos los brazos, los fuertes y los que más débiles, cada uno desde su lugar siempre aportaron y esperan se los convoque.
Lo viejo funciona y lo que hace años tenemos y se repite en cada proceso económico, salga bien o salga mal, más allá de resultados y capacidades meritocráticas, es la gente, y no hay proyecto de país viable, sin que este los incorpore como un actores fundamentales de todo el movimiento socioeconómico.
