Los arrebatos de generosidad se multiplican en Europa en tiempos de coronavirus

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Por Agence France-Presse

París – Sylvie llamó a la puerta de varios de sus vecinos en las afueras de París. Manteniendo la distancia, les ofreció un plato de magdalenas caseras, en uno de los muchos gestos de generosidad que han surgido durante el confinamiento por el coronavirus.

Desde el inicio de la crisis sanitaria, se ha ido tejiendo una red solidaria en toda Europa, a nivel colectivo, tanto de la parte de gobiernos como asociaciones, pero también de forma individual. Se ayuda a los vecinos mayores para hacerles la compra o a las familias que trabajan cuidándoles los niños.

Un vendedor de verduras romano distribuye pan gratuitamente y uno de sus compatriotas zapatero enseña en Facetime cómo fabricar mascarillas.

En Francia, varios particulares propusieron gratis alojamientos al personal sanitario para que no tuvieran que hacer tantos desplazamientos. Poco después, algunos portales especializados en el tema retomaron la iniciativa, como el gigante AirBnb. La compañía de alquileres temporales, a petición de las autoridades francesas, puso en marcha una plataforma específica «apartsolidario». En Hungría, la página Facebook «Comunidad Airbnb de Budapest para trabajadores sanitarios» ya cuenta con 1.200 miembros.

En Roma, Londres y otras ciudades, los taxistas se han puesto al servicio del personal médico.

Comida y tutoriales

Muchos restauradores también se han puesto manos a la obra y entregan comidas y bocadillos a estos trabajadores que están en primera línea del frente. Antes de cerrar debido a la epidemia, un restaurante tailandés de Belfast cocinó todas sus provisiones para el hospital Royal Victoria.

En Varsovia, «Pequeño chef», una escuela de cocina para niños, distribuye cada día 50 litros de sopa a las personas mayores, pobres o enfermas, además de las comidas para los urgentistas gracias a donaciones de la gente, según Iga Pietrusinska, responsable de prensa del centro.

Otros, hacen un gesto especial para sus clientes. Michal Pirosik, dueño de un restaurante en el norte de Eslovaquia, acompaña sus pedidos a domicilio con uno de sus libros de la enorme biblioteca del establecimiento. Decidió regalar un millar de obras porque se dijo que «¿para qué servían estos libros, ahora que estamos cerrados?».

Profesores de yoga y de gimnasia también aprovechan el confinamiento para difundir vídeos de sus cursos. Y múltiples artistas leen libros en Instagram para que los más pequeños de las casas se entretengan.

En Reino Unido, más de un millón de personas se han sumado a los 1.000 grupos de Facebook para ayudarse los unos a los otros, según un portavoz de la red social.

Ser útil

También está uno de los temas más urgentes del momento: la fabricación de mascarillas. Voluntarios de todo tipo cosen estos artículos en la isla italiana de Cerdeña, en Polonia o en República Checa. Incontables empresas textiles han cambiado sus cadenas de producción para fabricar mascarillas y venderlas a precio de coste, como Zornica, en el oeste de Eslovaquia.

Estos arrebatos altruistas «son la resistencia», explica el psicoanalista y escritor francés Vincent Hein. «De un día para otro, la gente se encerró en sus casas (…) ¡La mejor manera de sentirse útil es ser útil!», dice. El problema llegará si hay restricciones alimentarias. Entonces «quizás no habrá más magdalenas…», comenta este psicoanalista, que también propone consultas a distancia gratis.

En Grecia, los psicólogos de la organización SolidarityNow de Atenas y Tesalónica proponen servicios parecidos.

Gobiernos y asociaciones suelen aprovechar este tipo de situaciones para organizar redes de voluntarios que contribuyen a la causa. «Ya se inscribieron 2.700 nuevos voluntarios en Cáritas en Viena hoy. Los primeros nuevos voluntarios trabajan ya en el autobús de la sopa, la distribución de alimentos y como intérpretes en el hospicio. Gracias!!!», tuiteaba Klaus Schwertner, portavoz de Cáritas, la mayor red caritativa de Austria.

El gobierno austriaco lanzó por su parte una plataforma para reclutar voluntarios para los sectores donde falta mano de obra, como la agricultura. Angelika, una mujer de Viena que ronda los 50 años, se apuntó: «Es el momento de echar una mano. Voy a ver qué me proponen», dice.

Por Joëlle Garrus con las oficinas europeas de la AFP

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