La salud mental no tiene fronteras: Marcus Rodríguez y su cruzada global

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Septiembre es el Mes de la Concientización sobre la Prevención del Suicidio, e Impacto ha querido abordar este tema tan sensible para la comunidad latina, ya que cada vez hay más problemas de salud mental y, al mismo tiempo, más personas buscan tratarse y hablar del tema. Por eso ha conversado con Marcus Rodríguez, destacado psicólogo y especialista en salud mental.

Marcus creció en Puebla, pero su vida y su carrera lo han llevado por distintos continentes. Hoy, desde California, el psicólogo y profesor del Pitzer College ha hecho de la prevención del suicidio su vocación central. Su trayectoria combina experiencia académica, investigación aplicada y un compromiso personal por llevar atención a quienes no tienen acceso a servicios de salud mental. En su laboratorio en Los Ángeles desarrolla intervenciones apoyadas en tecnología y en personas que no son profesionales de la salud, con el objetivo de ampliar la red de apoyo para quienes más lo necesitan.

“Soy entrenador en Terapia Dialéctica Conductual (DBT), una terapia enfocada en la prevención del suicidio y en personas que sufren tanto que sienten que esa es su única salida”, explica. Su visión, sin embargo, trasciende las consultas privadas y las aulas universitarias: se trata de construir soluciones globales a un problema universal.

Su curiosidad lo llevó a China en principio por un año, acompañado de su hermano. El viaje se transformó en un capítulo fundamental de su vida. Aprendió el idioma, conoció a su esposa –de origen chino– y terminó viviendo allí casi una década. “Lo que me atrajo primero fue la curiosidad, luego el amor, y más tarde el deseo de ayudar en un lugar donde, como en Latinoamérica, los recursos humanos para dar terapia efectiva son insuficientes”.

Esa experiencia le permitió confirmar que, aunque cada cultura percibe de manera distinta el trauma, la depresión o la ansiedad, la mirada hacia el suicidio es compartida: “Ninguna cultura quiere perder a sus hijos de esa manera. Es un problema universal que exige soluciones globales”.

Las cifras estremecen. El suicidio es la tercera causa de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años, y en las últimas dos décadas las tasas no han dejado de crecer. Las mujeres hacen más intentos, pero los hombres son más efectivos y por eso, mueren casi cuatro veces más que las mujeres. El psicólogo enfatiza que, en el momento de crisis, la prioridad es atender la urgencia, pero que las verdaderas soluciones se encuentran en los factores sociales, económicos y de salud pública.

Esto implica diseñar políticas que protejan a los niños y jóvenes, en lugar de limitarnos a reacciones de emergencia. La prevención, asegura, es un asunto de trabajo coordinado de gobiernos e instituciones, así como la intervención de la comunidad en conjunto cuando sea posible con la participación de profesionales de la salud metal.

En sus más de 90 países visitados, (en algunas decenas de ellos ha impartido entrenamientos) el especialista ha confirmado una certeza: “Nadie quiere que sus ciudadanos mueran por suicidio”. Su trabajo consiste en entrenar a personas que no son especialistas para que se conviertan en apoyos confiables. Los maestros, por ejemplo, podrían recibir más formación para acompañar a estudiantes con ansiedad o depresión. Las iglesias y líderes comunitarios también juegan un rol fundamental, pues suelen ser la primera fuente de apoyo en muchas familias.

“Los psicólogos deberíamos colaborar con esos espacios en lugar de descartarlos. Ellos pueden derivar a profesionales cuando es necesario, y los profesionales podemos reconocer que la comunidad tiene recursos propios”. Para él, la prevención empieza con la escucha: padres que acompañan los sueños de sus hijos, adultos que no juzgan sino que muestran curiosidad y empatía ante el sufrimiento de los jóvenes.

El especialista subraya que no todos necesitan terapia, aunque muchos se benefician de ella. Pero cuando una persona ha intentado suicidarse, la intervención profesional se vuelve imprescindible. ¿Qué señales deben encender las alarmas?

Una tristeza muy intensa y persistente, sentimientos de vacío, ira desmedida, cambios abruptos de humor, pensamientos suicidas, culpa extrema, aislamiento social, cambios radicales en el sueño o el apetito y una caída marcada en el rendimiento escolar. Luego, hay síntomas más evidentes, como escuchar voces o ver cosas que no existen; estos requieren de atención inmediata. “Y cualquier idea de autolesión o de dañar a otros debe tomarse con toda seriedad”.

En un país como Estados Unidos, donde el acceso a armas de fuego es común, ocultarlas bien dentro del hogar es una medida preventiva vital. “La impulsividad puede llevar a un acto con resultados irreversibles”, advierte.

Uno de los mayores mitos en torno al suicidio es que hablar del tema “mete ideas”. El psicólogo desmiente esa creencia: “Preguntar directamente: ‘¿Estás teniendo pensamientos de suicidio?’. Si la respuesta es afirmativa, lo siguiente es indagar si existe un plan o intención concreta. Esa información puede salvar vidas, al permitir intervenir a tiempo y reducir el acceso a los métodos contemplados.

“Lo más importante es acercarse con empatía y sin juicios. Hablarlo abre la puerta a la esperanza”, afirma. El experto coincide con la Perla Lara, editora jefa de Impacto, quien en una Charla de Impacto, compara la atención que se le debe brindar a un hijo con problemas graves de salud mental, con el que se le daría a un niño con cáncer, con toda la energía enfocada en el tratamiento, aunque no haya una radiografía que muestre el daño y el origen del dolor.

El núcleo de su labor como formador es la DBT, una terapia estructurada para personas con emociones intensas y conductas de riesgo, que combina cuatro áreas principales: Tolerancia al malestar, para enfrentar las crisis inmediatas. Regulación emocional, que ayuda a comprender y manejar lo que comunican las emociones. Atención plena (Mindfulness), para observar la experiencia interna sin actuar impulsivamente, y efectividad interpersonal, para fortalecer las relaciones sanas y el respeto propio.

El tratamiento incluye clases semanales de habilidades, terapia individual y la posibilidad de contactar por texto al terapeuta en momentos críticos. Además, los especialistas trabajan en equipo, conscientes de que este es un campo emocionalmente muy exigente.

Su misión es clara: llevar estas herramientas a escuelas, comunidades y profesionales para que más personas puedan convertirse en un soporte vital. “A veces basta con que un maestro, un amigo o un padre pregunten y acompañen para marcar la diferencia”, agrega.

El activista de la salud mental concluye con una convicción: “Recordemos siempre que no estamos solos. Hay esperanza, y es posible vivir”. En un mundo donde los trastornos mentales enfrentan estigmas, carencias de recursos y desigualdades profundas, su voz se suma a quienes insisten en abrir conversaciones incómodas, pero necesarias.

Su trabajo recuerda que la prevención del suicidio no depende de políticas públicas, ni de las prácticas en los hospitales o consultorios. Está también en las aulas, en las iglesias, en los hogares, y sobre todo en la capacidad humana de escuchar sin juzgar y con empatía.

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Con información de UNAR AGENCY