Hipersensible, Malabarista de palabras, flexible visual y mapeadora de croquis emocionales. Las fotos e ilustraciones son mías a menos que diga lo contrario.
El acoso es un comportamiento repetido de hostigamiento, que puede ser físico, psicológico o verbal, y que se caracteriza por un desequilibrio de poder entre quien lo ejerce (el acosador) y quien lo sufre (la víctima). Se manifiesta en un patrón de acciones o palabras hirientes que buscan humillar, degradar o intimidar, y puede ocurrir en diversos entornos como el laboral, el escolar, el sexual o a través de tecnologías (ciberacoso).
Me acuerdo mucho cuando tenía tres años y fui atacada por un hombre que venía frente a mí, me tomó del brazo para asumir más fuerza y darme dos nalgadas a mitad de calle, en ese momento reconocí el quedarse muda por miedo , no dije nada, sentí como si mi garganta se expandiera y se hinchara tanto que no podía tragar saliva. En ese momento sentí tanto terror que su agitación y respiración de descontrol al golpearme se quedó aturdida en mi oído por muchas semanas. Tal vez, por eso, al escuchar una respiración de agitación, hay un hilo de memoria en ello. Cuando llegué a mi casa no dije nada pero el color pálido de mi piel habló por mí, mi cuerpo entumecido también tenía miedo, algo horrible me había pasado, pero no podía hablar de ello.
Mi mamá me dijo que debía perder el miedo a transitar por la ciudad porque no iba a destrozarme el poco cerebro de un hombre por aquel tiempo. Así que seguí su consejo y más que nada su insistencia “Tienes que gritar, llamar la atención, si llega a pasar de nuevo y así no te quedes sola y corran por ti a ayudarte, madrealos si es necesario, pero tienes que hacer algo”
Si pasó de nuevo… esta vez venía de la escuela sentada en el camión de regreso quedándome dormida, recargada en la ventana, en los camiones a esa hora era mucha suerte encontrar un asiento vacío, traía esa falda de secundaria que solo se abrocha con un botón. Un tipo se sentó a mi lado cuando comencé a sentir sus dedos abrir mi falda y tocar mi pierna, despegué mi cabeza de la ventana y me quede sentado muy derecha, coloque mi mochila sobre mis piernas y quito su mano, cuando comenzaba a hacerlo otra vez, me levante de jalón, empujándolo y golpeando su asquerosa cara con mi mochila, me baje del camión y nunca volví a hablar de eso hasta hoy.
“Tienes que gritar, llamar la atención, si llega a pasar de nuevo y así no te quedes sola y corran por ti a ayudarte, madrealos si es necesario, pero tienes que hacer algo”
Con lo que no contaba era que la gente al rededor se vuelve ciega, no existe para ellos en esos momentos. Cada que viajo en el transporte público, y nos observa, me pregunta cuántas veces nos hemos quedado calladas. Muchas de mis amigas han contado historias entre platicas sobre acosos en la oficina, en la escuela, en el asqueroso transporte público. Hombres masturbándose en el camión, hombres subiendo con maletas de pretexto para cubrir sus manos con intención de rozar con sus asquerosos dedos la piel de alguna mujer, hacen esto más seguido de lo que se cree. Hombres con el pito de fuera para mostrarlo como símbolo de terror frente a una mujer.
La última vez que escuchó algo así fue hace unas horas, “se sentó a un lado de mí, se sacó la verga y luego me toco del brazo para que volteara a verlo, me jalo la mano para que lo tocara, me quede frustrada, no dije nada, tenía miedo”
Alguien menciona fácilmente “pues hubieras gritado” en un tono peculiar al “si te pasa y no haces nada pues es tu culpa ”. Lastimosamente en la mayoría de las ocasiones ni lo gritos sirven, se da por hecho que no nos harán caso como si la autoridad del momento sea guardar la compostura, quejarse en silencio o llorar llegando a casa, de tanta frustración por madrearnos a quien nos tocó sin permiso. Parece que el ritual consiste en solo llamar sobre el acto, nunca decir nada. Parece que la gente se molesta porque estás distrayendo su aburrido trayecto a su casa con tus gritos de auxilio.
Hay algo que nunca voy a comprender sobre los terceros que se hacen ciegos ante la inquietud de una mujer, ante su cansancio de tantas faltas, ante su frustración y su desesperanza . No, ustedes jamás sabrán lo que es bajar del metro con el miedo de no solo cuidar tus cosas personales si no de tu cuerpo, con el miedo de cuidar no solo lo que hay externo a ti sino hasta interno, de contar o tener que contar con un espacio solo para nosotras que termina siendo invadido otra vez de hombres sin respeto de los espacios asignados. Por que ya estamos cansadas de todos ustedes y sus ironías, con sus caprichos de que a ustedes también les pasan, ya estamos hartas de callarnos por sonar exageradas, de callarnos cuando nos tocan, cuando nos agreden.
Nos tocan, nos golpean, nos matan. Y aún así se burlan de las tragedias, o peor aún, buscan tener empatía solo por encajar, lo mejor sería que se hicieran a un lado que los protagonistas no son ustedes.
Es importante decir que la violencia contra las mujeres es un problema amplio en nuestro México y que no distingue nivel de educación, condición social, etnia, opción política o sexual.
Sigue siendo muy difícil pero no imposible lograr que el exterior comprenda que el acosador es el responsable de su conducta; por lo general la mayoría busca excusas para minimizar la culpabilidad de quien realiza este tipo de actos.
Es necesario, no dejar de hablar de ello, ni dejarlo de lado, ni siquiera tener miedo de decirlo y gritarlo cada que sea posible. Hay que cambiar la mentalidad retrógrada y patriarcal que todavía existe en nuestra sociedad. Una sociedad ofendida de paredes pintadas, y ofendida de gritos de auxilio.