Groelandia y el costo real de la imprevisibilidad

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A pesar de todas las evidencias, siempre había pensado que la política internacional estaba dominada por negociadores serios, con sus obvias excepciones, confiaba en que hombres de Estado con visión estratégica, altos estándares y respeto por el Derecho Internacional velaban por el bienestar de sus naciones… bueno, el presidente Donald Trump vino a hacer pedacitos mi inocencia.

Y eso que yo fui de los que siempre pensó que Kevin corrió más peligro en “Home Alone 2, lost in NY” cuando se topó con él en su hotel, que con los torpes ladrones. Así que no debería hacerme el sorprendido.

Hace días, Trump volvió a encender los reflectores y las alarmas en la escena geopolítica al exigir —otra vez— la adquisición de Groenlandia, territorio semiautónomo que pertenece al Reino de Dinamarca y cuyos habitantes han sido claros: no quieren ser estadounidenses ni por error de GPS.

Pero la cosa no quedó en un simple capricho de patio de escuela; el presidente estadounidense ha elevado su retórica al punto de amenazar con aranceles del 10% —llegando al 25% en junio— a países aliados en Europa si no acceden a vender la isla ártica a Estados Unidos. Ha amenazado con sancionar a “países amigos” porque no quieren ceder un territorio que no les pertenece.

El argumento oficial es la “seguridad global”, bajo la premisa de que Rusia y China acechan en el Ártico. También se menciona el interés por asegurar el acceso a sus vastas riquezas naturales. Sin embargo, en días recientes ha cobrado fuerza una explicación menos estratégica y más personal: la idea de que todo se trate de un berrinche por no haber sido galardonado con el Premio Nobel de la Paz.

La respuesta de Europa ha sido un rotundo no. Líderes de Francia, Alemania, Finlandia, Reino Unido, e incluso la propia Unión Europea han señalado que la soberanía danesa y el derecho de autodeterminación groenlandés son inviolables y que las amenazas arancelarias solo profundizan una crisis que amenaza la alianza transatlántica.

Más aún, varios países han reforzado su presencia militar en Groenlandia bajo el paraguas de una doctrina colectiva de defensa dentro de la OTAN, para dejar claro que el Ártico no va a ser terreno de revancha. El resultado de este rifirrafe es de pronóstico reservado.

El problema es que este no es un episodio aislado, sino un síntoma de agotamiento del paradigma tradicional de relaciones internacionales: cuando un socio estratégico utiliza herramientas económicas coercitivas contra aliados, no solo cuestiona su credibilidad como socio, sino también la viabilidad de alianzas construidas sobre la base de valores compartidos y no solo intereses pasajeros. En sólo unos días, Trump ha desmantelado el orden internacional que Estados Unidos construyó a lo largo de décadas.

¿Y qué le importa esto a México? Sé que, a la distancia, y con tantas broncas propias, los mexicanos podríamos pensar que este es un problema de “países ricos” y que “no nos toca”, lamento decirles que sí nos toca —y de varias maneras delicadas.

Primero, en materia de comercio global. Si Trump logra imponer o escalar aranceles a potencias europeas, esto tiene impacto directo en los flujos comerciales globales, sobre todo para países que, como México, están profundamente interconectados con esas economías vía cadenas de valor, inversión y mercados de exportación. Un aumento sostenido de tensiones transatlánticas podría fragmentar mercados y crear escenarios de incertidumbre prolongada en materias primas, bienes de capital e insumos industriales.

Segundo, y más crítico, es el efecto dominó sobre la percepción de riesgo internacional. La política exterior mexicana ha oscilado últimamente entre pragmatismo cauteloso y un nacionalismo retórico que no siempre pondera el impacto real. Ver que un gran socio como Estados Unidos adopta tácticas de “sálvese quien pueda” económicas y geopolíticas sin respeto por normas comunes debería hacernos reflexionar sobre la necesidad imperiosa de fortalecer nuestras propias instituciones de política exterior, comercio exterior y esquemas de diversificación de mercados. México no puede depender únicamente de un socio cuyo liderazgo alterna entre pragmatismo estratégico y ocurrencias impredecibles.

Tercero, desde la óptica empresarial, esta crisis es una advertencia: la volatilidad geopolítica puede convertirse en el principal riesgo sistémico para inversiones y expansión internacional. Sectores como el automotriz, agroindustrial o tecnológico —que están insertos en complejas cadenas globales— deben empezar (o intensificar) esquemas internos de inteligencia estratégica, gestión de riesgo y análisis de escenarios no solo para Europa y Norteamérica, sino también para Asia y América Latina.

Claro que no todo es una amenaza. Una fragmentación en bloques tradicionales podría generar espacios de liderazgo para México en América Latina, especialmente si nuestro país logra posicionarse como puente entre mercados europeos y americanos, o incluso entre Europa y Asia a través de acuerdos comerciales y de inversión más sólidos.

También puede ser momento para atraer inversión extranjera directa hacia industrias clave si el país ofrece estabilidad institucional en un contexto global cada vez más turbulento. Pero esto exige que nuestras instituciones demuestren que pueden garantizar reglas claras, protección legal y un estado de derecho firme —condiciones que, como sabemos, son la base de la libertad económica y la certeza empresarial que defendemos.

Groenlandia no es un chiste ni un “simulacro exagerado” de política internacional. Es un caso de estudio sobre el fin de las certezas en el sistema global, donde el respeto por la soberanía, alianzas y las normas internacionales puede quedar a merced de arrebatos presidenciales o estrategias de presión sin precedentes. Como defensores de la libertad, de las instituciones y de una política económica sensata, no solo tenemos derecho a criticar estas posturas, sino la obligación de leer entre líneas y prepararnos para un mundo donde la predictibilidad ya no es la moneda fuerte que fue alguna vez.

Y sí: uno puede estar a favor de derrocar al dictador Maduro de Venezuela, de señalar y sancionar a gobiernos y a funcionarios que se coluden con el crimen organizado y al mismo tiempo cuestionar y oponerse a políticas autoritarias que discriminan y a la extraña lógica de un presidente que cree que comprar un país es tan simple como ordenar delivery internacional.

Lo que está en juego es más que el pedazote de hielo más grande del planeta: es el respeto por reglas que hacen posible la convivencia entre naciones libres, porque, aunque Trump es sólo un “pasajero” en la presidencia de estados Unidos, con un poder y mandato finito, no podemos dejar de pensar que esta “doctrina” que practica podría sobrevivirlo, y eso sí da miedo.

¡Un abrazo!

Rubén Furlong Martínez

Los leo en X: @RubenFurlongM

La entrada Groelandia y el costo real de la imprevisibilidad se publicó primero en El Heraldo de Puebla.

Con información de UNAR AGENCY