Fugaces impulsos
Debido a que hay algo que siempre nos falta, nos planteamos propósitos con el único objetivo de remediar esa carencia. Todo propósito inicia a partir de que nos damos cuenta de que hay algo que no tenemos, pero que, con esfuerzo, podemos conseguir. Entonces el propósito nace de ese “darse cuenta”, continúa con la imaginación y se alista para manifestarse a través de la acción, sin embargo, algo pasa, algo sentimos, y entonces no actuamos, y lo que inició como un propósito que no requería mucho para comenzar a materializarse, termina convirtiéndose es una idea nunca realizada, primero, y en frustración, después. ¿Qué fue lo que pasó, qué fue lo que sentimos y que nos alejó de nuestro propósito? Desidia.
Queremos hacer cosas, pero ese “querer” no es suficiente. Contrario a lo que algunos postulan, querer no es poder. ¿Cuántas veces no hemos querido algo que no pasa de ser un deseo insatisfecho? Y es que también debemos darnos cuenta de que mucho de lo que queremos, no necesariamente será lo que necesitamos. Muchos son los ejemplos que podríamos señalar en nuestras vidas en que hemos querido algo que nos perjudica; el alcohol, el tabaco y las drogas son los ejemplos más evidentes, pero también hay otras cuestiones que deseamos a pesar de que son perjudiciales para nosotros, por ejemplo: alimentos chatarra, ideas obsesivas, emociones tóxicas, etcétera, y es que si bien todo ello nos daña, de alguna manera nos produce cierto placer al convertirnos en las víctimas perfectas que aparentemente tienen la excusa ideal para no hacerse responsables de sí mismas. Si a veces preferimos lo malo, es porque, aunque sea temporalmente, nos conviene.
Pero así como llegamos a desear lo que nos afecta, en más de una ocasión rehuimos de lo que nos beneficia y puesto que por voluntad propia somos incapaces de dar el primer paso hacia nuestro mejoramiento, es necesario que alguien nos obligue a cumplir con nuestras responsabilidades. Incomprensible es el ser humano, pues cuando se le da libertad para perfeccionarse prefiere tomar decisiones que lo hunden, y por ello es que no hay más opción que obligarlo a cumplir. Sin embargo, este sometimiento abre un dilema ético sumamente profundo: ¿entonces actuamos por miedo al castigo y no por admiración del bien? ¿O hacemos las cosas solamente porque habrá alguna forma de gratificación y no por un acto genuino de consciencia?
Pensemos en cuántas veces no nos hemos propuesto cuidar nuestra alimentación, mejorar nuestros hábitos de lectura, hacer ejercicio, dormirnos temprano, salir a tiempo de la casa, pero a la vez hallamos siempre la manera de autosabotearnos; si somos sinceros, admitiremos nuestra falla, pero si nos hemos acostumbrado a la comodidad del victimismo, encontraremos la manera de transferir nuestra responsabilidad a alguien más. Sin embargo, independientemente de si reconocemos nuestro error, el hecho de no cumplir con nuestros propósitos debido a una falta de disciplina y voluntad continúa perteneciendo a la dimensión de la desidia.
En pocas palabras, la desidia es el abandono de nuestros propósitos, es una mezcla de apatía y pereza que se manifiesta en una inacción total. El origen de la palabra “desidia” es interesante porque comparte su raíz con la palabra “deseo”, lo cual de alguna manera es paradójico, pues mientras que la desidia nos lleva a abandonar lo que tenemos, el deseo nos mueve a conseguir lo que nos falta, y entre estos dos extremos el puente que se levanta es el de la desesperación, el de la insatisfacción, el de la frustración. El psicólogo Dan Ariely, en su obra Las trampas del deseo, nos habla en estos términos de la desidia:
«Dicen que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones. Y casi todos nosotros sabemos de qué va el refrán. Prometemos ahorrar, pero nos gastamos el dinero. Juramos hacer dieta, pero nos rendimos ante los postres. Prometemos controlar nuestro colesterol, pero cancelamos la cita médica. ¿Cuánto perdemos cuando nuestros fugaces impulsos nos desvían de nuestros objetivos? ¿Por qué perdemos la lucha contra la desidia con tanta frecuencia? La desidia tiene un origen emocional. Cuando prometemos que haremos algo, lo que sea, nos hallamos en un estado frío, y cuando irrumpe el río de lava de la ardiente emoción perdemos de vista nuestros objetivos. Renunciar a nuestros objetivos a largo plazo por una gratificación inmediata es desidia. Resistir a la tentación y autocontrolarnos son propósitos generales, y el hecho de fracasar repetidamente en ellos es origen de una gran infelicidad. La lucha por el autocontrol está por todas partes a nuestro alrededor, sin embargo, nos encontramos fracasando una y otra vez. ¿Cuál sería una buena solución? Dar a la gente la oportunidad de comprometerse con su vía de acción preferida. Puede que este planteamiento no resulte tan eficaz como el trato dictatorial, pero sí puede ayudarnos a encaminarnos en la dirección correcta. No cabe duda de que tenemos problemas de autocontrol relacionados con la gratificación, pero cada uno de los problemas que afrontamos cuenta asimismo con potenciales mecanismos de autocontrol.»
En una sociedad consumista como la nuestra, padecer desidia es un riesgo latente, pues nos hemos acostumbrado a la recompensa inmediata. Rechazamos lo que tenemos y anhelamos lo que nos falta, o al menos, lo que suponemos que necesitamos, y en este juego de tener y no tener renunciamos a nuestros propósitos. A nadie le gusta que le digan lo que tiene que hacer, pero tal parece que no hay otra manera de que hagamos lo que nos corresponde que no sea por la vía de la vigilancia. Queremos cambiar para bien, hacemos planes y nos generamos expectativas, pero siempre que las condiciones están para que demos el primer paso, dudamos y preferimos sentarnos sobre el banquillo de la inacción. Que las cifras de personas que padecen depresión, ansiedad y angustia estén subiendo es totalmente comprensible en una sociedad que en lugar de ejercer su libertad, prefiere complacerse en fugaces impulsos.
La entrada Fugaces impulsos se publicó primero en El Heraldo de Puebla.
Con información de UNAR AGENCY
