Diciembre del 2022, Messi tiró la navidad a la tribuna.
El martes juega Argentina, otra vez
A partir de los primeros días de diciembre, las vidrieras y los comercios en general comienzan su transformación pictórica en eso que la iglesia Católica Apostólica Romana diseminó por todo el mundo como la Navidad. En la mayoría de los países occidentales se lo toma como un festejo a lo grande. Una fiesta popular es un reencuentro por algún motivo o celebración, fuera este el que fuera, sea un pequeño pueblo que festeja la fiesta de la uva o una ciudad la del chocolate, pero la navidad es una mega celebración mundial donde se conmemora el nacimiento de un mesías.
Ese año la sociedad argentina en su mayoría no dedicó mucho tiempo a las cartas navideñas, ni a decorar las casas con renos y Papa Noeles. Ni los chicos estaban tan decididos a escribir las cartas para el abuelo volador. Lo que estaba ocurriendo en Oriente es que unos muchachos argentinos jugaban apenas un torneo de fútbol y eso señores, para la argentinidad lo es todo. El campeonato mundial de fútbol es uno de los eventos que moviliza nuestro concepto de nación tan profundamente que cualquier diferencia circunstancial se atenúa. Las cosas que nos separan se esconden agazapadas y hasta ellas mismas miran de reojo la televisión.
En Doha nuestro San Nicolás, Papa Noel: Lionel, estaba empecinado en hacernos sentir orgullosos, quería que sus propios hijos vieran la dimensión que como deportista todavía tenía. El mismo puso a todo un equipo en la plenitud de sus capacidades competitivas. Nadie debía quedar detrás, se trataba de tener la intensidad necesaria y solo seguir el diseño que nuestro maestro exponía en el juego. Messi es la palabra que apareció aquel año en cada mesa, en cada saludo y festejo. El derramó hasta lo último de su talento para que todo un equipo se contagie y juegue el mejor fútbol que hace tiempo una final nos pudiera regalar.
Ni las cábalas, ni los merecimientos, ni la suerte fueron protagonistas de esta circunstancia histórica. Fueron los pases y corridas del capitán Lionel Messi, las impresionantes atajadas del bailarín arquero dibu Martínez, la calidad del Flaco Angel Di maria, que aunque en esta final algo le le doliera, iba a jugar y hacer un golazo, las arremetidas de Julián Álvarez, para quedar en la historia exponiendo su jerarquía a toda sonrisa, la aparición del juvenil Enzo Fernández, el coraje de Otamendi, la capacidad y el orden de Mcalister, la puntería de Montiel, para quien hago un párrafo aparte, su espalda soportó las miradas y los latidos de 50 millones en un último penal que definitivamente lo hizo parte de mi familia y mi corazón. No puedo olvidar la misma definición de Lautaro Martínez, mientras el arquero contrario intentaba sacarlo de la situación, el pibe lo fulminó con los ojos y puso la pelota rebotando en cada garganta atragantada de angustia.
Los gritos de un gol de Messi fueron ceremonias donde se exorcizaba cada frustración anterior. Ese año todas las casas recibieron su regalo, aquel que crea que sobredimensionamos un campeonato de fútbol, que se aparte y no lo disfrute, nosotros pensamos que cada jugador merece le demos las gracias, saltando como locos a su alrededor y que este pibe, hablando a lo rosarino y en el medio de un desierto mundialista, fue ni más ni menos que el corazón vivo de una nación. La victoria no es desechable y el martes un Messi y cia, intentarán que un campeonato de fútbol sea otra vez el desborde emocional que nos cobije.
