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Vivimos a prisa. Vivimos con ansia por hacer mucho y rápido. Estamos tan apresurados que ni siquiera nos despertamos naturalmente por la mañana, sino que tenemos a una máquina en cuenta regresiva dispuesta a sonar cuando es momento de levantarse para hacer algo; ¿por qué y para qué?, no lo sabemos, pero sentimos la necesidad de hacerlo. Nuestra prisa es tal que ni siquiera notamos el momento en el que crecimos, en el que nos convertimos en unos adultos que ya no juegan, que ya no observan y que solamente saben agachar la cabeza para recibir órdenes de quienes suponemos están por encima de nosotros. En algún punto, nos hicimos grises.

La idea de abandonarlo todo para ir a vivir en la lejanía del campo, en las sombras del bosque o en las alturas de las montañas la hemos tenido todos en algún momento, principalmente cuando la rutina se torna agobiante, sin embargo, siendo realistas es imposible, pues somos animales citadinos y por ello es que no nos vamos. Sin embargo, la solución tampoco está en escapar, pues la pesadez de la vida que sentimos sobre nuestra espalda no es causada por quienes nos rodean, como tampoco por las experiencias que tenemos, sino por nuestros pensamientos, por ello es que no importa a donde huyamos, pues nuestra mente nos acompañará a todas partes y con ella, todos los pensamientos intrusivos que nos hacen ir a prisa sin rumbo definido.

Nuestros tiempos son tiempos de soledad, no porque la realidad carezca de sustancia, sino porque suponemos que el mundo está vacío, en un sentido esencial, y que lo único que nos quedan son los cascarones con los que cotidianamente nos deleitamos, por ejemplo: el consumo de sustancias para intoxicar al cuerpo, el ocio, las relaciones fugaces, los distractores multimedia, los alimentos chatarra, etcétera. Nos sentimos vacíos y suponemos que llenándonos de esos estímulos alcanzaremos el estado ideal de plenitud que imaginamos, pero no es así, y mientras más confiemos en lo intrascendente, mayor será nuestra decepción al envejecer.

Qué diferentes éramos cuando niños, quizás nuestra infancia no fue perfecta, sin embargo, por alguna razón manteníamos la capacidad de asombro y eso era suficiente para habitar el mundo con una mediana alegría, pues nunca faltaba el insecto, la nube, la persona, o el susurro que nos sacaba una sonrisa o nos erizaba la piel, la vida era pura emoción. Sin embargo, ahora que hemos crecido y nos hemos vestido con la capa del aburrimiento, nada nos estimula en lo íntimo, en lo profundo de nuestro ser, sino tan sólo en lo superficial.

Pero a pesar del ajetreo, la posibilidad de recuperar la mediana alegría de la infancia, o incluso una mayor, existe. Escapar al campo, al bosque o la montaña no es necesario cuando comprendemos que esos lugares paradisíacos no son físicos, sino que corresponden a estados espirituales. Suponer que la dicha está más allá de las vertiginosas ciudades que habitamos no sólo es equivocado, sino, además, peligroso, pues de tener la posibilidad de viajar lejos, lo único que encontraremos en esos parajes será la decepción, pues el problema no es el lugar, sino nosotros. Quien muda de lugar, pero mantiene sus vicios, no mejora su condición.

La aparente vacuidad de la vida contemporánea se debe al fracaso de prácticamente todas las instituciones. La religión, la política, la economía y la sociedad en general, no representan ninguna esperanza para el individuo contemporáneo. Lo sagrado no está en los templos que alguna vez consagraron las más elevadas aspiraciones humanas; la justicia se quitó la venda de los ojos y abandonó los congresos que deberían salvaguardar el bienestar comunitario; la dignidad fue tasada y muchos la vendieron al mejor postor; y las personas, en general, dejaron de creer no sólo en lo trascendente, sino, además, en lo bueno y en lo bello. Así, nuestra vida se hizo sórdida, oscura y grotesca.

Al igual que cada generación que nos ha precedido, suponemos que vivimos el final de los tiempos, un periodo en el que la sociedad nunca había estado tan degradada, aunque la realidad es que la historia es pendular, por lo que no hay desgracia que no tenga término, ni dicha que no anuncie un final, así indeterminadamente. ¿Qué hacer ante tal panorama? El filósofo Simon Critchley, plantea un retorno a la mística, no en el entendido religioso, sino más consciente, íntimo y personal; en su obra Misticismo: La experiencia del éxtasis, lo expone así:

«El misticismo no consiste en una simple creencia intelectual en la existencia de Dios, es más bien existencial y práctico. Es el fomento de unas prácticas que te permiten liberarte de tus típicas costumbres y tus habituales fantasías e imaginaciones. Es algo que tal vez conocíamos mejor en nuestra infancia, en especial en la experiencia del juego, pero a lo que hemos renunciado al crecer. La madurez es la renuncia al éxtasis. Anhelamos retornar a ese estado, pero fracasamos porque nos quedamos embobados con nosotros mismos. Consiste en la experiencia de una libertad que no es dar libertad a nuestros deseos, sino liberarnos de nuestros deseos. El éxtasis es la sensación de estar vivo cuando apartamos la tristeza que se aferra a nosotros. La realidad nos presiona desde todas las direcciones con una fuerza implacable, con una violencia que nos agota y nos deja sin energías, que desperdicia nuestra capacidad para creer y gozar. El mundo nos ensordece con su ruido, nos escuecen los ojos por la creciente incoherencia de la información, la desinformación y la presencia constante de la guerra. Todos sentimos, todos vivimos sumidos en la pobreza de la experiencia contemporánea. Son tiempos plomizos; tiempos de escasez. En consecuencia nos sentimos infelices, ansiosos, desdichados y aburridos.»

Vivir a prisa es vivir desconectados de una realidad más trascendente que la que percibimos a través de nuestros sentidos. La mística es lo que otros han llamado el delirio o el nirvana. Si iluminaremos la consciencia, será en estas ciudades de desdichados y aburridos.

La entrada Desdichados y aburridos se publicó primero en El Heraldo de Puebla.

Con información de UNAR AGENCY