Aficionado de la desgracia
Ser felices es, sin lugar a dudas, el objetivo de la mayoría de las personas, pero ¿qué es la felicidad? Para algunos, la felicidad estará asociada a la riqueza económica; para otros, será un estado mental; habrá quien diga que la felicidad y la fama son lo mismo. En sí, nadie sabe qué es la felicidad, ni podría definirla de una manera universalmente aceptada, pero lo que sí es un hecho es que la felicidad es algo que nos falta y que debemos integrar a nuestras vidas.
Nuevas recetas y métodos para ser felices aparecen todos los días, pero a pesar de que millones de personas llegan a practicarlos pareciera ser que la felicidad se nos sigue escapando. Libros de superación personal, materiales multimedia, conferencias, líderes espirituales, sistemas religiosos y demás le han prometido a las personas una felicidad que casi se encuentra a la vuelta de la esquina, sin embargo, pareciera que lo único seguro es que la desgracia humana seguirá propagándose más y más. Enfermedades, pobreza, hambre y guerras son los grandes males de nuestra especie, pero, además, tenemos otros de menor escala, pero igualmente dañinos, como los pensamientos intrusivos, las emociones desbordadas y el deseo inmoderado, males “menores” causantes de innumerables catástrofes.
La certeza que representa la adversidad frente a la felicidad es lo que ha generado en nosotros constantes estados de depresión y sentimientos de desasosiego. No hay duda de que nuestra forma de vida actual es infinitamente más cómoda y estable que la de nuestros antepasados, sin embargo, por alguna razón esto no es suficiente para que seamos felices. ¿Será, acaso, que la felicidad no es más que un ideal inalcanzable? No confundamos los estados de alegría con lo que es formalmente la felicidad; la alegría es, ante todo, una experiencia efímera, mientras que la felicidad, refiriéndonos a ella hipotéticamente, es un estado permanente del ser. Es decir, mientras que la alegría tiene fecha de caducidad, la felicidad se prolonga hasta el final de nuestra carne, sin embargo, ¿es realmente alcanzable este estado?
Los supuestos expertos de nuestros tiempos, es decir, los tecnócratas, están convencidos de que a la felicidad se llega mediante un riguroso procedimiento de cumplimiento eficaz de determinadas actividades. Estos expertos postulan que la felicidad es consecuencia de la disciplina, y que para obtenerla es suficiente con levantarse temprano, meditar, hacer ejercicio, alimentarse equilibradamente, trabajar manteniendo una jornada regular, dedicar tiempo al esparcimiento y, al final del día, regresar a la cama temprano para tener el suficiente tiempo de descanso que a la mañana siguiente nos permitirá repetir todo de nuevo. Sin embargo, surgen las siguientes cuestiones: ¿Acaso es posible ser felices mediante la práctica de un ritual cotidiano? ¿Acaso no sobran los ejemplos que muestran que una de las resistencias del ser humano es la que la rutina representa? Y es que a nadie le gusta hacer siempre lo mismo, que nos acostumbremos a hacerlo no quiere decir que verdaderamente lo disfrutemos. La mayoría de las personas viven resignadas a un horizonte conocido e incómodo, y que al mismo tiempo se halla alejado de la zozobra que representa la novedad.
No hay duda de que no sabemos qué es la felicidad, quizás por eso no la hemos alcanzado y nos quedamos estancados en medianos estados de alegría, pero lo que sí tenemos claro es lo que no es la felicidad, y esto es todo lo que tenga que ver con el cumplimiento de una rutina y un apego a una disciplina que tarde o temprano nos mostrará la seductora posibilidad de vulnerarla. Sabemos lo que la felicidad no es, sin embargo, seguimos buscándola en los mismos lugares y prácticas absurdas, como la de la acumulación de la riqueza. Y es que en esta cultura consumista en la que se piensa que todo tiene un precio hemos llegado a imaginar que la felicidad puede conseguirse a meses sin intereses, pero no es así. La felicidad no es disciplina, tampoco es un método específico, mucho menos es la obtención de bienes materiales, aunque de alguna manera todo ello tiene que ver con la idea que tenemos de lo que la felicidad es. La obra Del sentido de la vida, del filósofo Jean Grondin, lo explica así:
«La vida puede ser una primavera. Pero puede ser también espantosamente siberiana. Resulta con frecuencia, y hasta casi siempre, escandalosamente injusta. ¿No es verdad que todos aspiramos a la felicidad? Pero ¿hacia qué “felicidad”?, ¿cómo saber a qué se aspira? Es infinitamente más fácil hablar de la desgracia. El ser humano parece ser un verdadero aficionado de la desgracia. Cada día inventa un nuevo infortunio, una miseria insospechada. La lengua alemana habla de “Glück” para designar el evento de la felicidad, término que expresa en una sola palabra la suerte. Tener suerte es ser feliz, y ello absolutamente por azar. La felicidad tiene que ver con la suerte, no se controla, se recibe y nos llena de contento. Aquel que es feliz está colmado de felicidad, de alegría, pero sobre todo de suerte. Para el mundo moderno ha llegado a ser normal identificar la felicidad con la riqueza económica y asociar esta riqueza (felicidad) al trabajo y al mérito. De ahí la idea de que cada cual es el artesano de su propia felicidad. La única idea problemática es aquella según la cual la felicidad puede controlarse, como si no le adeudara nada a la fortuna. La felicidad, en cierto sentido, deja entonces de ser feliz. Quiere ser planificada, llevada a la práctica, asegurada. El instrumentalismo del pensamiento moderno desea controlarlo todo, incluso y sobre todo lo incontrolable: el tiempo, la salud, la felicidad, el modo de vida, los nacimientos, las relaciones humanas, la muerte. ¿No hay una cierta desmesura en semejante obsesión? Igual que la salud, la felicidad le debe casi todo al azar y al destino.»
Si la felicidad existe, en gran medida es más un golpe de suerte que un logro conseguido mediante el esfuerzo. Pocas son las certezas que tenemos, siendo una de ellas la del infortunio, y por eso es que el ser humano, en su búsqueda de la felicidad, es un aficionado de la desgracia.
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Con información de UNAR AGENCY
